VIOLENCIA EN LAS AULAS: OTRO CASO EN ESCUELA 775
La directora, María Liberata Avendaño, planteó una mirada que busca correrse de la lógica punitiva inmediata: no se trata de señalar culpables, sino de entender que hay un estudiante que altera la convivencia y un grupo que empieza a convivir con el miedo. Esa tensión, cada vez más frecuente, evidencia cómo problemáticas externas ingresan sin filtro al ámbito educativo.
Lejos de considerarlo un episodio aislado, la conducción escolar lo interpreta como parte de un contexto social más amplio, donde la violencia —simbólica o concreta— se naturaliza. La pregunta que surge no es solo cómo llegó el arma, sino qué está fallando en los entornos que rodean a los jóvenes para que estos elementos aparezcan en espacios que deberían ser de cuidado y aprendizaje.
En ese escenario, también aparecen las limitaciones institucionales. La normativa vigente impide a docentes y directivos revisar mochilas, lo que coloca a la escuela en una posición delicada: debe garantizar seguridad sin vulnerar derechos. Ante cualquier sospecha, el camino es claro pero complejo: intervención judicial y participación de las fuerzas de seguridad.
Por eso, el foco vuelve a ponerse en la responsabilidad compartida. La escuela no puede actuar sola. Las familias, el entorno social y los propios estudiantes forman parte de un entramado que define el clima de convivencia. Sin ese trabajo conjunto, cualquier medida resulta insuficiente.
A pesar del impacto, la decisión fue sostener la actividad escolar. No como un gesto de normalidad, sino como una apuesta al diálogo y a la construcción colectiva de respuestas. Reuniones con padres y la consolidación del Consejo Escolar de Convivencia apuntan a generar acuerdos que prevengan nuevas situaciones.
En paralelo, emerge otro eje clave: la necesidad de que los jóvenes comprendan el alcance de sus actos. En un contexto donde la legislación penal juvenil establece límites más claros, las amenazas y situaciones de riesgo dejan de ser “cosas de chicos” para adquirir consecuencias legales concretas.
El desafío, entonces, no es solo reaccionar ante estos hechos, sino anticiparlos. Y para eso, más que controles, se necesita reconstruir vínculos, reforzar la escucha y asumir que lo que ocurre dentro de la escuela es, en gran medida, un reflejo de lo que pasa afuera.



