MARTINELLI, INOCENTE
La Justicia absolvió al comerciante que había quedado en el centro de una causa por los avales de la Lista 55 Blanca. Detrás del expediente hay una historia que va mucho más allá de unas planillas.
Germán Darío Martinelli es un comerciante de Puerto Madryn. Muchos vecinos lo conocen detrás del mostrador de su local de pizzas de Juan B. Justo. Otros lo conocen por una razón diferente: desde hace años es uno de los referentes de un grupo de autoconvocados que decidió involucrarse en la vida de Servicoop y reclamar mayor transparencia en una institución que pertenece a todos sus asociados.
Esa pelea lo llevó a participar de las elecciones de delegados de diciembre de 2024, como apoderado de la Lista 55 Blanca.
Después llegó la denuncia.
La Fiscalía sostuvo que entre los avales presentados había firmas que algunas personas dijeron no reconocer y documentación correspondiente a personas fallecidas. Martinelli quedó imputado por el uso de documentos falsos y finalmente fue llevado a juicio.
Este jueves, la jueza penal María Alejandra Hernández lo absolvió.
La razón es tan sencilla como trascendente: no se pudo demostrar, con el grado de certeza necesario para una condena, que Martinelli supiera que las firmas o los documentos cuestionados eran falsos cuando presentó las planillas.
La jueza también señaló la ausencia de una pericia caligráfica que acreditara técnicamente la falsedad de las firmas y consideró que los testimonios de quienes no las reconocieron no alcanzaban, por sí solos, para demostrar que el imputado conocía la falsedad.
Ante esa duda, aplicó el principio in dubio pro reo y lo absolvió.
El expediente termina. La huella queda.
Una acusación penal no es una cuestión menor. Para cualquier persona significa quedar bajo la mirada pública, responder preguntas, soportar comentarios y cargar durante meses con una sospecha que, para muchos, puede quedar instalada mucho antes de conocerse el resultado del juicio.
Y en este caso hay una particularidad que no debería perderse de vista.
Martinelli no era un funcionario ni un dirigente profesional. Era —y sigue siendo— un vecino que tiene un comercio, que vende pizzas y que decidió involucrarse en una discusión sobre el funcionamiento de la cooperativa de su ciudad.
Su participación en esa discusión terminó llevándolo a los tribunales.
Hoy, la Justicia dice que no existió prueba suficiente para condenarlo.
Eso no borra los interrogantes que puedan existir sobre los avales ni impide que se discutan los mecanismos de control de las elecciones de Servicoop.
Pero sí marca un límite fundamental: una cosa es que existan documentos cuestionados y otra muy distinta es probar que quien los presentó conocía su falsedad.
Esa diferencia fue determinante para la absolución.
Y quizás también deje una enseñanza para todos los socios de Servicoop: reclamar transparencia, participar y cuestionar aquello que se considera necesario cuestionar forma parte de la vida democrática de una cooperativa.
Martinelli eligió hacerlo.
Pagó un costo personal enorme por esa decisión.
Este jueves, después de casi dos años, la Justicia cerró una parte de esa historia.
Martinelli, inocente.




