LA MÁS LINDA… PERO QUE MAL HUELE!!!
Desde la noche de ayer, en distintos puntos de nuestra ciudad, el aire se volvió irrespirable. No se trata de una percepción aislada ni de un reclamo menor: el olor nauseabundo que invade la ciudad expone, una vez más, un problema estructural que asoma cada vez que llueve.
Las precipitaciones recientes, lejos de ser extraordinarias, alcanzaron para poner en jaque un sistema que debería estar preparado para mucho más. Las redes sociales se poblaron rápidamente de imágenes y videos de vecinos mostrando lo mismo: líquidos cloacales desbordando en calles, veredas y esquinas de distintos barrios. Postales que contrastan con el eslogan de “la más linda” y que dejan al descubierto una realidad incómoda.
El fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más evidente. Cuando llueve, el agua no solo circula por los pluviales: termina ingresando a un sistema cloacal que no da abasto. El resultado es un colapso que se traduce en derrames, olores penetrantes y una ciudad que, durante horas —o días— queda envuelta en una mezcla de humedad y residuos que afecta a todos por igual.
Lo preocupante es que esto no debería suceder. Una lluvia común no puede ser suficiente para generar este nivel de desborde. Sin embargo, ocurre. Y ocurre porque, aunque cueste reconocerlo, los sistemas pluvial y cloacal parecen estar más conectados de lo que deberían, sumado a una evidente falta de mantenimiento e inversión sostenida.
Más allá de la incomodidad —que ya de por sí es significativa—, el problema tiene un costado mucho más serio. Los derrames cloacales implican riesgos sanitarios concretos: proliferación de bacterias, contaminación del suelo y potencial impacto en napas y espacios públicos. A eso se suma el daño ambiental, especialmente en una ciudad que vive de su entorno natural y de la imagen que proyecta.
El olor, en este caso, no es solo una molestia: es una señal de alarma. Una que se repite, que se intensifica y que, hasta ahora, no encuentra respuestas de fondo.
Mientras tanto, los vecinos siguen haciendo lo que pueden: registrar, denunciar y convivir con una situación que ya dejó de ser excepcional para convertirse en parte de un problema crónico. Porque cuando la lluvia pasa, el agua se va… pero el olor —y lo que lo provoca— queda.



