LA CIUDAD DONDE LA VIOLENCIA YA NO SORPRENDE
Entre crímenes adolescentes, fallos judiciales que indignan, narcotráfico que todos comentan y barrios olvidados, crece una sensación inquietante entre los vecinos: la de una ciudad que se fue desordenando mientras nadie parece hacerse cargo.
La noticia que sacudió a la ciudad esta mañana —un adolescente de 17 años que mató a otro de 16 en un conocido boliche de Puerto Madryn— debería estremecernos.
Pero lo verdaderamente inquietante es otra cosa.
Cada vez sorprende menos.
Ese es quizás el síntoma más grave de todos.
No se trata aquí de discutir si el boliche en cuestión merece o no seguir funcionando —aunque en la conversación cotidiana de la ciudad abundan opiniones al respecto— sino de plantear una pregunta más incómoda:
¿En qué momento empezamos a naturalizar lo que antes nos hubiera escandalizado?
Peleas entre bandas de jóvenes que terminan a tiros o cuchillazos. Heridos que llegan al hospital sin que nadie “recuerde” quién disparó. Violencia callejera que se repite barrio tras barrio.
Hechos que hace algunos años hubieran conmocionado a toda la ciudad hoy aparecen en los portales informativos con una frecuencia inquietante.
Cuando la violencia se vuelve paisaje, algo profundo empieza a romperse en una sociedad.
Las noticias policiales parecen repetirse con un patrón casi automático: personas con pedido de captura que aparecen en controles de rutina, delincuentes que recuperan la libertad antes de que la víctima termine de completar la denuncia, allanamientos donde aparecen pequeñas cantidades de droga mientras los grandes circuitos parecen mantenerse siempre fuera de alcance.
Mientras tanto, en cualquier mesa de café de Madryn abundan los nombres.
Todos parecen saber quién vende, quién distribuye, quién protege.
Pero curiosamente esas certezas del rumor rara vez se transforman en certezas judiciales.
Y entonces aparece una pregunta inevitable:
¿Estamos frente a un problema de investigación, de justicia o de decisión política?
Tampoco ayuda la facilidad con la que muchos delincuentes entran y salen de la ciudad. Robos cometidos por personas que llegan desde otros puntos y desaparecen con la misma rapidez con la que aparecieron.
Controles que aparecen cuando hay un dato concreto, pero que en la rutina diaria parecen ser la excepción.
Y sin embargo Madryn no es una ciudad imposible de controlar. Con poco más de 130 mil habitantes y accesos perfectamente identificables, reforzar la vigilancia no debería ser una misión titánica.
A poco más de 100 kilómetros está Arroyo Verde, concebido justamente como punto estratégico de ingreso a la provincia.
Pero salvo en contadas ocasiones, esos controles sólo se convierten en noticia cuando logran algún resultado extraordinario.
Mientras tanto, la ciudad acumula heridas que todavía duelen.
Hace no mucho tiempo, una joven policía fue asesinada en medio de un operativo. Un hecho que conmocionó a toda la comunidad y recordó brutalmente que incluso quienes arriesgan la vida para proteger a otros también se enfrentan a una violencia cada vez más desbordada.
También está el caso del padre que, conduciendo alcoholizado, provocó un choque que terminó con la vida de su propio hijo. Un drama que conmovió a toda la ciudad y que volvió a estar en discusión hace pocos días cuando la Justicia decidió mantener el arresto domiciliario del responsable, pese a los reiterados incumplimientos denunciados por la propia familia de la víctima.
Decisiones judiciales que podrán tener fundamentos legales, pero que en la percepción social alimentan otra sensación igual de peligrosa:
La de una justicia que muchas veces parece mirar la realidad desde demasiado lejos. Y cuando la justicia pierde credibilidad, lo que se erosiona no es sólo un fallo.Se erosiona la confianza de toda una comunidad.
Al mismo tiempo, Madryn también cambia en otras cosas.
Aquella ciudad donde muchos recuerdan haber dejado la puerta sin llave hoy es una ciudad de rejas, alarmas y cámaras.
Una ciudad donde conviven realidades completamente distintas a pocas cuadras de distancia.
Por un lado, la postal turística que se promociona al país y al mundo: la costa, los paseos renovados, la imagen prolija que el Estado cuida con esmero.
Por el otro, barrios que nacieron como asentamientos y donde todavía faltan servicios básicos. Calles de tierra, aguas servidas corriendo por las cunetas, conexiones clandestinas de servicios que incluso se ofrecen sin pudor en redes sociales.
Sectores que aparecen en la agenda pública cuando llega la campaña electoral. Después, vuelven a quedar librados al olvido.
Así, mientras una parte de Madryn exhibe prosperidad, otra vive una realidad completamente distinta.
Y en el medio queda una sensación cada vez más extendida entre los vecinos:
La de una ciudad que se fue desordenando mientras todos discutían otra cosa.
Tal vez el crimen de esta madrugada sea apenas el episodio más reciente de una larga cadena de señales que se vienen acumulando desde hace años.
Señales que hablan de desigualdad, de ausencia del Estado en algunos lugares y de respuestas institucionales que muchas veces llegan tarde.
Pero lo más inquietante no es el último hecho. Lo más inquietante es la resignación.
Porque cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a lo que antes la indignaba, cuando la violencia deja de sorprender y pasa a formar parte de la rutina cotidiana, el problema ya no es sólo policial ni judicial.
El problema es cultural.
Es político.
Y también es social.
Las ciudades no se deterioran de golpe.
Primero aparece la violencia.
Después llega la desconfianza.
Y finalmente aparece lo peor que le puede pasar a una comunidad:
La costumbre.
Porque cuando la violencia se vuelve costumbre,
cuando la injusticia deja de indignar,
cuando el miedo empieza a organizar la vida cotidiana,
lo que está en riesgo ya no es sólo la seguridad.
Lo que está en riesgo es la ciudad misma.
Y tal vez la pregunta más incómoda que Madryn debería hacerse hoy no sea quién fue el responsable del último crimen.
Sino otra mucho más profunda:
¿En qué momento dejamos que la ciudad que queríamos se empezara a parecer tanto a la que hoy tenemos?
Éste es mi punto de vista, los invito a que también den su opinión.



